Rusia: Liga Premier 06/06/2026

Eduard Streltsov, el pelé ruso

Eduard Streltsov, el pelé ruso

Vigo, 06-06-2026 - Por Diego Fragueiro

A mediados de los años 50, la Unión Soviética era presa de un absurdo pánico conspiranoico; veía problemas por todas partes. El Politburó vigilaba a artistas, escritores, científicos, deportistas… Nadie se podía salir del guion establecido del ideal del perfecto ciudadano soviético. A Eduard Streltsov, quizás el mejor jugador soviético de la historia, le salió muy caro no ser el típico joven frío y rígido que el partido pretendía que fuese.ç

Eduard Streltsov nació en una barriada moscovita. Era hijo de un soldado ruso que, al acabar la Segunda Guerra Mundial, jamás regresó a casa. Esto hizo que con trece años tuviera que empezar a trabajar en una fábrica automovilística para poder ayudar a su madre en la economía familiar. Pero, debido a su talento con los pies, rápidamente dejaría la cadena de montaje para convertirse en estrella con tan solo dieciséis años. Un ojeador del Torpedo de Moscú lo captó de niño y, antes de cumplir la mayoría de edad, ya era la estrella del conjunto de la industria del automóvil. El genial delantero, antes de cumplir la veintena, ya estaba batiendo récords goleadores, tanto en su club como en la selección del yugo y el martillo.

Poco a poco su popularidad se disparó, y en el Kremlin no gustaba nada que jugase en el equipo de la industria del automóvil. Le insinuaron que debía fichar por el CSKA, el equipo del Ejército Rojo, o por el Dynamo, el de la policía y el KGB. Eduard nunca cedió a las presiones y fue fiel al Torpedo, a pesar de que leyendas como Lev Yashin intentaran convencerlo. Pero lo que aún gustaba menos era su modo de vida. Era el típico joven arrogante, guapo, mujeriego y amante del vodka. Los hinchas del Torpedo decían que si Pelé bebiese tanto café como Streltsov vodka, seguramente estaría muerto. Además, veían en él a un posible desertor. Se decía que siempre era el que más se quejaba cuando se acababan las giras y había que volver a casa.

Su trágica historia empezó a cimentarse en una cena en la que coincidió con Svetlana Furtseva, la primera mujer que entró en el Politburó y muy próxima a Nikita Jrushchov. Esta, al enterarse de un affaire que había tenido el delantero con su hija, lo conminó a casarse con ella. Streltsov le dijo que no era posible porque ya estaba prometido. Pero cuando el vodka empezó a correr, Streltsov comenzó a mofarse delante de todo el mundo, incluso ante la propia Svetlana, diciendo: «Nunca me casaré con ese mono» o «Prefiero que me ahorquen a casarme con esa chica». Había firmado su sentencia.

El último día de la concentración previa al Mundial de Suecia, Streltsov fue invitado junto a otros miembros de la selección a una fiesta en una dacha. A esa fiesta también fue invitada una chica llamada Marina Lebedeva. A la mañana siguiente, Streltsov y otros dos compañeros fueron detenidos acusados de violación. Streltsov fue acusado de cometer la agresión y a los otros dos jugadores de presenciarla.

El seleccionador soviético intentó mediar, pero algunas autoridades le confesaron que las órdenes «venían de arriba». Todo hacía indicar que la venganza de Furtseva se estaba cumpliendo. Streltsov se declaró culpable; cayó en la trampa. Años después se supo que le habían prometido que, si firmaba una declaración asumiendo su culpa, le dejarían disputar el Mundial de Suecia. En vez de eso, lo condenaron a pasar doce años en el gulag para realizar trabajos forzados.

A pesar de su sentencia, Streltsov pasó tan solo cinco años en el gulag (los que habrían sido los mejores de su vida deportiva). Pero a pesar de las durezas que vivió en el infierno siberiano, su talento futbolístico le permitió volver a los terrenos de juego. Había perdido velocidad y frescura, pero no técnica ni calidad. Ganó la liga con el Torpedo, volvió a ser internacional y fue nombrado dos veces mejor jugador de la liga soviética. Sin embargo, el régimen había vencido. Eduard ya no era la misma persona. Nunca quiso hablar de sus penurias en el campo de concentración. Ya no era ese joven díscolo, alegre y engreído. El régimen lo había amoldado.

Falleció el 22 de julio de 1990. Siete años más tarde, se vio a una mujer depositar un ramo de flores en su tumba. Esa mujer era Marina Lebedeva, la chica que cuarenta años antes lo había acusado de violarla.

Hubo una campaña en Rusia para lavar su imagen y que oficialmente se retirase la condena por violación. El estadio del Torpedo pasó a llamarse Eduard Streltsov y, aún a día de hoy, un pase de tacón en el país de las matrioskas se llama un pase «a lo Streltsov».

La política interfiere en la vida de muchas personas, truncándoles la esperanza. Esto le sucedió a este joven rebelde moscovita que podría haber sido uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Como dijo Anatoly Karpov: «Pudiera haber sido más grande que Pelé».

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